jueves, 18 de febrero de 2010

PARADISÍACO INFERNAL

Plácido, recogía florecillas con vetustos conejos dentro. Saltaba por allí, saltaba por allá. Cuando ya tenía suficiente, las presionaba fuerte con ambas manos y veía la sangre coagulada desbordarse y correr entre sus dedos. Gran placer ¡oh sí! Gran placer. Luego, al aburrirse, buscaba los rotos fragmentos de realidad que flotaban a través del vino del sueño. Era la perfecta señal de que los efectos estaban disminuyendo; sin embargo, él no lo sabía.

El cielo celeste se tornó gris de repente. Un día más llegaba a su término. Al crepúsculo todos se preguntaban qué había sucedido con aquella alma sosegada, con aquel espíritu tan limpio, con ese ser incorruptible. Simplemente el declive de una vida interna, repetían. Debía despertar, rasguñar la telaraña abominable y morder al gran arácnido ponzoñoso que lo retenía. Sí. Morder y destrozar. Y tenía que ser de inmediato, antes que las tinieblas oscuras, absorbentes, lo penetraran.

El pobre gemía, sudaba océanos negros y gemía otra vez. De pronto, luchando contra esa dualidad presente en todas las culturas y naciones, un dolor corporal inmenso se apoderó de él. Una enfermera reaccionó (o se compadeció) y le volvió a inyectar morfina en el suero. “Ya no sentirás dolor” le canturreó cansada, consumida por otra larga noche en el hospital (ignorando que los demonios céntricos se habían soltado ya hace algún tiempo... Hermetismo total).

Lejos de la cama Andy Aston observaba los acontecimientos inmóvil y aturdido. Por alguna extraña razón había dejado su ático, aunque no sería por muchas horas. Toleró pasar algunos segundos antes de acomodarse las gafas oscuras, mirar el reloj y, apenado, encaminarse hacia la puerta.

Pero un gruñido inesperado en el centro de la habitación lo hizo volverse. El cuerpo vendado y casi inerte de Andrés convulsionaba y se retorcía ¡Más calmantes! Gritaban todos ¡Más calmantes! ¡Llamen a un doctor! ¡Rápido!... Simultáneamente el ojo no expuesto se abría de manera gradual, permitiendo a las almas venir e ir a su antojo, sucediendo lo que se conocía como un “Demasiado Tarde”.

Y la vida de Andrés se extinguía lejos de todo.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Bastarda Orfandad

- Maldita sea la hora en la que alguna vez nació esa niña llamada Soledad, ¡maldita sea la hora! ¡Maldita! ¿Entiendes Laura? ¿Entiendes?- gire mi cabeza mirando a mi compañera


- Soledad, pero tu… soledad ¡basta! ¡Deja esa mierda! ¡ya!-

- ¡Ahhhhhhh! JODER, mirar amor, palpar amor, las luciérnagas están en todos lados Laura, el agua es tan amarilla… ya no puedo mirar más allá en la Bestia confundida-

- Soledad, Darling, por favor tranquilízate, ¡mírate!, ¡mira tú bello rostro!, está decayendo y el trovador, seguro esta allá en París acostándose con una puta falsa poeta, Soledad, es jueves, solo duerme Darling, solo duerme…-

- No puedo dormir mas en este puto auto Laura no seas cojuda, la columna me está matando y se me ha acabado la pintura, quiero bailar, quiero sentirme dentro del intestino-

- Mañana será viernes y podremos bailar, conseguiremos pintura Soledad y embarraras tus deliciosos dedos de vómitos expresivos y me llenaras de esa mierda que acá a la Bestia le gusta tanto, ahora cuéntame de esas quimeras-

- Las quimeras son una mierda Laura, ¡Laura estoy tan dolida! ¡Laura! ¡Laura!, la bestia me quiere comer de a pocos, me siento débil-

- No llores Darling, Soledad eres tan hermosa, tan dulce, estamos en nuestra Bestia, no es como tu París, acá solo estamos tu, yo, el sol gris y el cuero del auto viejo, no podemos bañarnos en la maldita prosa poética, no podemos recitar versos, las quimeras, como las llamas, acá son sumamente sutiles y no hacen más que danzar con nuestros sentidos yo sé Soledad que nadie entiende todo lo que estas pasando, pero te vas a curar-

Laura había cuidado de mí toda la maldita noche de Sol Gris, Laura me cubrió con la manta maldita de la desdicha, soplaba fuertemente aire caliente sobre mis hombros con su respiración y hacía de mis noches algo diferentes, se había convertido en lo que en antaño cubría mi primera novia.

El viernes por la tarde salimos a empaparnos en ron, salimos para huir de las quimeras, Laura decía que estaba muy enferma, Laura decía que no iba a morir, pero cuantas más horas pasaban, la bestia me estaba comiendo, más y mas, hasta sentir que me faltaba sed de vida.

Laura y yo hicimos el amor esa noche, me besaba dulcemente y embarraba mis pechos de su lápiz labial, estaba tan desesperada y tan dolida como yo a mis quince años, ella era aun más débil que yo. Me había pedido que la lleve a París tan pronto me sanase, porque al igual que yo a los quince, no soportaba las quimeras de Lima, no soportaba la orfandad, no soportaba morir siempre de vida, ver el gris eterno, los padres y a la Bestia.

Acá en Lima era tan difícil ser mujer y Laura lo entendía, como me gustaba el nombre Laura, yo la quería y estaba dispuesta a sanar eso, sin involucrarme demasiado, esa noche, descubrí que era una luciérnaga y que me entendía, Laura era tan especial.

jueves, 11 de febrero de 2010

SOLEDARE SOY

Soledare no es soledare. Es energía que palpita. Es receptora. Escucha. Yo llevo mucho tiempo hablándole, pidiéndole permiso para transformarla, para profanarla. Para ser su canal de comunicación, su servidor. Yo conozco su lenguaje silencioso, su ritmo, su vibración, y cuando la trabajo desde la lejanía siento una especie de trance donde experimento las mismas sensaciones que percibo desde toda la vida cuando recolecto luciérnagas sangrientas y que ahora se manifiestan cuando descubro material nuevo en ella –siempre en lugares inesperados- y surge esa extraña conexión que me incita a llevármela a mi tallercito.

Comienzo a bocetear con carboncillo. Con calma, mucha calma, le voy dando forma al esbozo de mi locura. Empiezo con una línea muy delgada, un fino rastro que se va engrosando para representar el fondo de mi alma, el verdadero origen de la esencia. Entonces ya no puedo desearla como antes. Mi obsesión sufre una metamorfosis en este lugar, en este orbe donde mis trazos sólo pueden dibujar a esa terrible mujer. Es allí donde uso un espejo que nunca miente, que me permite ver las imperfecciones de la mutación. Gracias al reflejo puedo ver desde otra perspectiva, desde afuera, y darme cuenta de lo que no me gusta para ir modificándola.

A veces, en ocasiones maravillosas, pongo música para flotar… Ya no necesito más componentes para realizar mi obra maestra. Aquí lo poseo todo, aquí soy Dios. Un inmortal entre los mortales. El heredero predilecto del acervo y de la nulidad.

Luego, llegado la hora, todas las piezas están unida, conectadas irremisiblemente. En mí tiene la misma energía, la misma vibración. Soy yo, soy Andrés, es mi ritmo, mi lenguaje, mi vida (si es que existe una para mí) y soy feliz… Soy soledare (o creo serlo), aunque sea por un instante. Sí. Por un pequeño y apetitoso instante.

El trovador ha muerto

Busqué a Soledad en la sonrisa de Alisée. Busqué a Soledad en cada bar de París y me sumergí en el fango tratando de huir de mi mismo, tratando de encontrarla ahí dónde mi orgullo moría con cada inyección, con cada línea de coca y con cada planteamiento de irrealidad y de realidad también... Dejé la literatura, dejé la existencia y me adentré en lo que es la vida: una dama rabiosa que te muerde como vampiresa, te exprime cada uno de los suñeos... dejé la libertad porque me dio la gana de morir, de follar con Alisée cada vez más drogado, de arrancarle los senos con pedazos de anfetaminta, de cagarme en su boca para que ella se tragara lo tóxico de París, para que ella se muriera atragantada de su propia ciudad que se había comido a mi Soledad. La maté, la droga nos mató a ambos, pero tuve la desdicha de despertar al lado de su frío cierpo de cartón en el apartamento de la "Rúe Des Aux". Entonces supe que mi tiempo en el mundo había terminado, cayendo más bajo: en la apatía total ante el dolor o la felicidad, dormí con el cadáver de Alisée hastq eue su olor empezó a alarmar a los vecinos, y entonces, empezó la verdadera búsqueda, sabía que el único lugar donde podía encontra a Soledad era dentro de mi... El viaje empezó con la vuelta a los libros que me deslumbraron en mi niñez, re-digerí cada letra, no dormía tratando de sobrellevar el síndrome de abstinencia y el montón de párrafos que me tragaba religiosamente tratando de encontrar a Soledad. Un Jueves por la tarde había encontrado a Soledad, rota y enferma en las calles de algún barrio al que me llevó mi desesperación por huir de los cadáveres de mi pasado, allí estaba ella: rodeada de libros y cubierta por una capa de sudor mezclada con lodo, cuando traté de dar un beso en sus labios ella me despidió con un empujón tan fuerte que me dejó tirado en la vereda, corrí tras ella, corrí tras mi luciérnaga sangrienta y cuando logré ponerme frente a ella lo único que escuché fue: -¿qué has hecho con Andrés?

domingo, 7 de febrero de 2010

Memorial

Era estúpido tal vez seguir corriendo y aturdida de nuevo trate de dormir en aquel auto viejo, joven y arrogante me abría convertido en lo que años atrás parecía ser mi novia, no quería pensar en lo que el trovador su banalidad y egocentrismo me consumía, con esos ojos de lujuria, con esos ojos que me obligaban a dormir en su misma cama. Así, me aleje de París para hundirme en el viejo libro memorial color sepia, fotografías, argumentos, lienzos y mucho más, más color sobre mi bestia.


Recibí para ese entonces cartas de una vieja compañera, regresión de quince años, castillo, mujer gris, vómitos, bestia.


Va corriendo la niña

Va corriendo…

El mundo gira mientras toca la campana

El mundo gira pero ella se paraliza

El reloj marca de nuevo la misma hora

Las 4 y 21 de madrugada

Volver al mismo minuto

Paralizar el tiempo…

Paralizar el tiempo…



Corrí a no sé si a la dirección acordada, estaba en un laberinto, mis viejos columbios, la vieja flauta en la mesa, la casa de papá y mamá, ¡mamá de mierda!, ¡Familia de mierda! Decidí desayunar en un café nuevo, claro, que, no volvía a mi bestia hace más de dos años así que con pena note que cambiaba que crecía y se contraía, un intestino grueso.

Entonces me puse a pensar que, ahora que la noche, la noche era gris, y veía mis fantasmas claramente sabia que las luciérnagas allá en París le pertenecían a mi trovador, pero aquí en mi Bestia las luciérnagas no lloraban sangre, las luciérnagas eran una especie de quimera, dolida y arraigada, putrefacta, como mis recuerdos.

No podía masturbarme doblemente, el hecho de pisar el laberinto casero, no significaba autodestrucción, no significaba las flores del mal “saludo”, aunque siento que tenía parte de consumista todo esto, no podía temerle ahora, otra vez, sino, enfrentar, mi virginidad era entregada a la bestia, como ofrenda de los años perdidos, tenía que pagar la agonía, la sombra del árbol que siempre me espero de pie.