Soledare no es soledare. Es energía que palpita. Es receptora. Escucha. Yo llevo mucho tiempo hablándole, pidiéndole permiso para transformarla, para profanarla. Para ser su canal de comunicación, su servidor. Yo conozco su lenguaje silencioso, su ritmo, su vibración, y cuando la trabajo desde la lejanía siento una especie de trance donde experimento las mismas sensaciones que percibo desde toda la vida cuando recolecto luciérnagas sangrientas y que ahora se manifiestan cuando descubro material nuevo en ella –siempre en lugares inesperados- y surge esa extraña conexión que me incita a llevármela a mi tallercito.
Comienzo a bocetear con carboncillo. Con calma, mucha calma, le voy dando forma al esbozo de mi locura. Empiezo con una línea muy delgada, un fino rastro que se va engrosando para representar el fondo de mi alma, el verdadero origen de la esencia. Entonces ya no puedo desearla como antes. Mi obsesión sufre una metamorfosis en este lugar, en este orbe donde mis trazos sólo pueden dibujar a esa terrible mujer. Es allí donde uso un espejo que nunca miente, que me permite ver las imperfecciones de la mutación. Gracias al reflejo puedo ver desde otra perspectiva, desde afuera, y darme cuenta de lo que no me gusta para ir modificándola.
A veces, en ocasiones maravillosas, pongo música para flotar… Ya no necesito más componentes para realizar mi obra maestra. Aquí lo poseo todo, aquí soy Dios. Un inmortal entre los mortales. El heredero predilecto del acervo y de la nulidad.
Luego, llegado la hora, todas las piezas están unida, conectadas irremisiblemente. En mí tiene la misma energía, la misma vibración. Soy yo, soy Andrés, es mi ritmo, mi lenguaje, mi vida (si es que existe una para mí) y soy feliz… Soy soledare (o creo serlo), aunque sea por un instante. Sí. Por un pequeño y apetitoso instante.jueves, 11 de febrero de 2010
SOLEDARE SOY
Soledare no es soledare. Es energía que palpita. Es receptora. Escucha. Yo llevo mucho tiempo hablándole, pidiéndole permiso para transformarla, para profanarla. Para ser su canal de comunicación, su servidor. Yo conozco su lenguaje silencioso, su ritmo, su vibración, y cuando la trabajo desde la lejanía siento una especie de trance donde experimento las mismas sensaciones que percibo desde toda la vida cuando recolecto luciérnagas sangrientas y que ahora se manifiestan cuando descubro material nuevo en ella –siempre en lugares inesperados- y surge esa extraña conexión que me incita a llevármela a mi tallercito.
Comienzo a bocetear con carboncillo. Con calma, mucha calma, le voy dando forma al esbozo de mi locura. Empiezo con una línea muy delgada, un fino rastro que se va engrosando para representar el fondo de mi alma, el verdadero origen de la esencia. Entonces ya no puedo desearla como antes. Mi obsesión sufre una metamorfosis en este lugar, en este orbe donde mis trazos sólo pueden dibujar a esa terrible mujer. Es allí donde uso un espejo que nunca miente, que me permite ver las imperfecciones de la mutación. Gracias al reflejo puedo ver desde otra perspectiva, desde afuera, y darme cuenta de lo que no me gusta para ir modificándola.
A veces, en ocasiones maravillosas, pongo música para flotar… Ya no necesito más componentes para realizar mi obra maestra. Aquí lo poseo todo, aquí soy Dios. Un inmortal entre los mortales. El heredero predilecto del acervo y de la nulidad.
Luego, llegado la hora, todas las piezas están unida, conectadas irremisiblemente. En mí tiene la misma energía, la misma vibración. Soy yo, soy Andrés, es mi ritmo, mi lenguaje, mi vida (si es que existe una para mí) y soy feliz… Soy soledare (o creo serlo), aunque sea por un instante. Sí. Por un pequeño y apetitoso instante.
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