¿En qué momento me perdí entre los rostros de esta ciudad?
Busco una respuesta en los diarios que fui garabateando desde que era un quinceañero tratando de ser escritor; busco una respuesta en las nubes que, con forma de manos coloreadas de LSD, juegan con los sonidos de las montañas; busco respuestas en las prostitutas baratas de esta ciudad que no tiene nombre; pero no encuentro nada, no me encuentro a mí mismo por ninguna parte: ni siquiera en los bolsillos del abrigo que alguna vez pude robarle a Soledad y que ahora está en un rincón de esta habitación, la habitación del trovador, lleno de vómitos pasados, de polvo, de podredumbre, de las cosas que se interpusieron entre yo y ese camino a la perfección que en realidad jamás encontré.
Estuve en la cima del mundo durante ocho meses: mujeres, drogas, alcohol, calles, música, alucinaciones, y postales, hermosas postales vivas que ahora rondan mi cabeza con crueldad: días soleados en balcones del centro histórico con alguna cabellera rubia entre mis dedos, la risa de alguna chica hermosa agudizada por el efecto del LSD, el soplar del viento con olor a marihuana, la cerveza que siempre estaba ahí, como recurso inagotable.
-Soy un artista- decía yo – el único artista de esta ciudad, no necesito escribir para demostrarlo, cualquier imbécil es escritor hoy en día, yo soy … más- en medio de alguna borrachera en algún apartamento sucio un viernes cualquiera. Un departamento sin agua potable, con la luz cortada, apestando a mierda y a restos de comida china olvidados en algún rincón durante semanas, rodeados de moscas y lombrices de esas blancas y muy pequeñitas que causan pánico.
-¡Estoy viviendo el sueño!- gritaba yo a los cuatro vientos sobre el colchón lleno de marcas de semen y sangre, jugos vaginales y tequila muy costoso, el colchón sobre el que caía rendido todos los días a las 6 de la mañana después de una extenuante madrugada de excesos. Así, la existencia parecía perfecta, asquerosamente perfecta, los recuerdos del pasado se vieron borrados por el paso inmisericorde del tiempo, de la vejez, del cansancio; sólo existía un montón de comida deliciosa, dinero que mi padre enviaba cada mes, sexo al despertar y un montón de caramelos masticables de muchísimos colores. Colores, siempre colores, pero la vida no sólo se trata de colores…
Ahora sólo quiero escapar, escapar de mí mismo, arrancarme cada uno de esos recuerdos, matar a cada una de las chicas con las que tenía sexo mientras pensaba en lo bien que Soledad lo hacía. Quiero escapar a un lugar sin smog de autobuses, sin comida chatarra, sin gritos, sin rock, sin nada… sólo puedo pensar en Soledad vestida enteramente de blanco contándome alguna historia en algún lugar lejos de esta ciudad, lejos de cualquier ciudad… Quiero a Soledad vestida de vía láctea para mí, quiero una Soledad con olor a pureza.
Pero no hay nada ni nadie en mi mundo.
Me enrollé con Kelly en una fiesta que daba El muecas por su cumpleaños. Pusieron Punk toda la noche y, mientras seis punks cantaban y se empujaban en la mitad de la oscura habitación de los suburbios al ritmo de ‘baila pogo sobre un nazi’, la novia del Muecas golpeaba a su hombre con furia en el rostro, y este no paraba de reírse acostado sobre su propia sangre en la puerta de su casa, la sangre formaba un chorro espeso que se esparcía lentamente para acabar en la alcantarilla. A las 3 a.m. llegó el momento de la piñata: teques de basuco, tolas y marihuana rodaron por el suelo cuando alguno de los punkeros con cresta caída usó su cadena como un niñito de seis años hubiera usado el palo de la escoba de su madre si se hubiera tratado de una fiesta infantil. Mientras tanto, me encontré a Kelly afuera del baño dándose un pinchazo, le tomé de la mano y me la tiré en el asqueroso baño de la casa del Muecas. Sonaba Maldito país de Eskorbuto ahí afuera. Cuando terminamos, Kelly quiso darme un poco de su droga y le dije: -no me van las drogas duras nena.
Viví junto a Kelly por tres meses. No recuerdo casi nada de ese tiempo, sólo la ira que sentía al tener que encerrarme en el baño del apartamento para poder leer en paz, en cualquier otro lugar de la casa se escuchaban los gemidos de mi Kelly tirándose a algún punkero, todos los días la misma mierda… luego salía, el punkero me sacaba sangre de la nariz y se largaba mientras Kelly lloraba y me pedía perdón.
Kelly me miraba con curiosidad cuando en medio de una borrachera me ponía a garabatear en las servilletas para acabar rompiéndolas con furia: parecía que había perdido mis ganas de escribir para siempre, sólo podía poner palabras aburridas, había perdido toda esa furia de luciérnaga sangrienta que alguna vez tuve allá en Lima, o en mi Quito o en París, en esta ciudad de mierda no había nada que escribir sólo el paso de los días que me golpeaba en el estómago con experiencias que antes me hubieran parecido inverosímiles, maravillosas: atardeceres delirantes, mujeres hermosas exigiéndome que les implante un beso en medio de los senos, cerveza cayendo hasta por el techo…
Así como llegó, Kelly se fue… una tarde regresé del centro y ya no había nada en la casa: sólo el colchón y mis libros: el dinero, el equipo de sonido, la guitarra eléctrica, las drogas, los amplificadores, las medicinas y hasta la tapa del retrete, esa perra se lo había llevado todo.
Ahora no está Kelly, no están los que decían ser mis amigos en esta estúpida ciudad, no tengo nada de dinero… intenté masturbarme pero encontré bastante insatisfactoria esa tarea. Intenté buscar restos de droga, pero tampoco me apetece eso… quiero estar con mi madre, quiero estar en esos días en los que podía escribir todo el tiempo, en los que podía reír junto a Soledad. El sueño se ha acabado, se ha vuelto mierda y yo no sé dónde diablos estoy.
Cuando descubrí que Kelly me había dejado lo primero que hice fue pensar en suicidarme… pero las cuchillas que habían en el baño estaban todas oxidadas y ensangrentadas, no me ayudarían a tener una muerte virtuosa… me recosté en el colchón y para mí sorpresa quedé dormido al instante, ni siquiera los piojos que habían anidado entre las sábanas me impidieron tener el más profundo de los sueños…
No sé si dormí por una noche o por varios días, sólo sé que al despertar todo estaba muy claro… armé una maleta llena de libros y le prendí fuego al apartamento y huí… era cerca de la media noche y fui hacia la zona rosa donde no fue difícil quitarles dinero a una niñas adineradas que trataban de entrar a una discoteca. No les robé mucho, sólo lo suficiente para tomar un autobús a mi Quito. Iría a ver a mi padre y le sacaría suficiente dinero como para encontrar a mi Soledad.
Xxxx
He vivido todos mis sueños en esta ciudad de los sueños rotos,
los he derrumbado uno por uno hasta despertar y sentir la dolorosa luz de la mañana pegando de lleno en mis ojos,
¿dónde estás Soledad?
Mis sueños hechos de latex se han ido al tacho de la basura, llenos de mi semen y mi juventud,
los cartones de LSD se han disuelto en risas, en comida rápida.
Mis sueños se han convertido en vómito de borrachera,
y ahora, mi dulce luciérnaga, tan sólo quiero estar cerca de ti.
