Era estúpido tal vez seguir corriendo y aturdida de nuevo trate de dormir en aquel auto viejo, joven y arrogante me abría convertido en lo que años atrás parecía ser mi novia, no quería pensar en lo que el trovador su banalidad y egocentrismo me consumía, con esos ojos de lujuria, con esos ojos que me obligaban a dormir en su misma cama. Así, me aleje de París para hundirme en el viejo libro memorial color sepia, fotografías, argumentos, lienzos y mucho más, más color sobre mi bestia.
Recibí para ese entonces cartas de una vieja compañera, regresión de quince años, castillo, mujer gris, vómitos, bestia.
Va corriendo la niña
Va corriendo…
El mundo gira mientras toca la campana
El mundo gira pero ella se paraliza
El reloj marca de nuevo la misma hora
Las 4 y 21 de madrugada
Volver al mismo minuto
Paralizar el tiempo…
Paralizar el tiempo…
Corrí a no sé si a la dirección acordada, estaba en un laberinto, mis viejos columbios, la vieja flauta en la mesa, la casa de papá y mamá, ¡mamá de mierda!, ¡Familia de mierda! Decidí desayunar en un café nuevo, claro, que, no volvía a mi bestia hace más de dos años así que con pena note que cambiaba que crecía y se contraía, un intestino grueso.
Entonces me puse a pensar que, ahora que la noche, la noche era gris, y veía mis fantasmas claramente sabia que las luciérnagas allá en París le pertenecían a mi trovador, pero aquí en mi Bestia las luciérnagas no lloraban sangre, las luciérnagas eran una especie de quimera, dolida y arraigada, putrefacta, como mis recuerdos.
No podía masturbarme doblemente, el hecho de pisar el laberinto casero, no significaba autodestrucción, no significaba las flores del mal “saludo”, aunque siento que tenía parte de consumista todo esto, no podía temerle ahora, otra vez, sino, enfrentar, mi virginidad era entregada a la bestia, como ofrenda de los años perdidos, tenía que pagar la agonía, la sombra del árbol que siempre me espero de pie.
domingo, 7 de febrero de 2010
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