La misma sensación vacía y caótica que sentía al observar “Dovima con los Elefantes”, tomada por Richard Avedon en 1955... Nos vigilábamos desde entonces. Ella, la de la planta inferior, lo sabía todo y quería martirizarme, hacer que mi cuerpo se retorciera de dolor, sudara frio y convulsionara. Anhelaba más: que contorsionara los ojos, votara espuma y estremeciera toda la epidermis. En fin, que sufriera las consecuencias del crimen permanente. Y a veces lo lograba.
Porque una noche, durante el sueño, vi a soledare sentada a lo lejos con las piernas cruzadas. Preocupado me acerqué de a pocos y mientras más próximo me encontraba, más la temía. De la nada se llevó las manos al vientre un tanto abultado. Corrí hacia ella creyendo haberla perdido. Apartándole unos mechones de su cabello le acaricié el rostro con ternura, descubriendo que lloraba. Luego, con sus labios temblorosos, me miró intensamente. Sus ojos eran de un profundo color gris verdosos, fríos y siniestros. Y de repente, sin ningún motivo aparente, me escupió en la cara.
Sudoroso y agitado desperté, temblando de pies a cabeza, sin poder articular palabra. Aterrado por la primera pesadilla que tenía con soledare, salí corriendo sin saber a dónde ir, simplemente queriendo escapar.
Bajé las escaleras de dos en dos peldaños, volteando hacia atrás de vez en cuando como si fuese posible que alguien me siguiera, y tropecé. Caí rodando: ¡¡¡ERA EL FIN!!!. Nunca descubriría porqué el Trovador me odiaba con ansias oprimidas, porqué depositó aquella noche todo su arribismo sobre mi rostro, porqué se había llevado a soledare de mi lado, porqué me la había quitado y ahora regresaba sin ella para restregarme su triunfo… Tampoco sabría porqué soledare no era soledare en mi sueño, porque nunca me permitió entrar en su magia… Hasta que me detuve. Aturdido, con todo girando a gran velocidad alrededor mío, me pase los dedos por la frente. A la luz tenue de la luna los vi ensangrentados. Confundido tanteé el suelo sin poder ver nada. Mareado y con la respiración entrecortada descubrí un objeto conocido: Una grabadora. Pero ¿quién podría haberla dejado allí? Examinando con cuidado hallé dos archivos. Los escuché y… ¡NO! Tanto en la primera como en la segunda grabación se escuchaba su voz ¡La de ella! ¡La de la planta inferior! Muy tranquila primero, desesperada y nerviosa después.
Mi repugnancia se fue acentuando y entonces no había dudas. Era o no era. Estaba claro, me iba a delatar, si es que todavía no lo había hecho; ya que lo presenciado, al entrar de improvisto en la pieza, había sido sangre, yo, la muchacha y el tipo, sangre, tipo, muchacha, yo, sangre, mis manos, yo, sangre, muchacha, sangre y más sangre.
Aterrado, sabiendo que la pesadilla no había terminado aún, que recién estaba atravesando el umbral hacia los lugares sombríos e inhóspitos de los cuales una vez dentro no podría escapar, quise volver y al hacerlo resbalé y caí hacia la oscuridad del sótano nunca explorado. Rodé y rodé, sintiendo como mis costillas y algunos huesos frágiles se rompían al impactar con los duros peldaños… después un sabor a sangre en la boca muy amargo… rodaba y rodaba… tierra, sangre, dolor...
Antes de quedar inconsciente en el fondo de mis pensamientos, pasó algo extrañísimo: Halle la macabra relación entre la mujer de la planta inferior, soledare, Dovima y el Trovador. Sueño, sueño. Pesadilla, pesadilla. Arribismo, Trovador, arribismo. Soledare con el vientre abultado. “Dovima con los Elefantes” "Soledare con los Trovadores” y la grabación… esa maldita y cierta grabación.domingo, 24 de enero de 2010
PLANTA INFERIOR
La misma sensación vacía y caótica que sentía al observar “Dovima con los Elefantes”, tomada por Richard Avedon en 1955... Nos vigilábamos desde entonces. Ella, la de la planta inferior, lo sabía todo y quería martirizarme, hacer que mi cuerpo se retorciera de dolor, sudara frio y convulsionara. Anhelaba más: que contorsionara los ojos, votara espuma y estremeciera toda la epidermis. En fin, que sufriera las consecuencias del crimen permanente. Y a veces lo lograba.
Porque una noche, durante el sueño, vi a soledare sentada a lo lejos con las piernas cruzadas. Preocupado me acerqué de a pocos y mientras más próximo me encontraba, más la temía. De la nada se llevó las manos al vientre un tanto abultado. Corrí hacia ella creyendo haberla perdido. Apartándole unos mechones de su cabello le acaricié el rostro con ternura, descubriendo que lloraba. Luego, con sus labios temblorosos, me miró intensamente. Sus ojos eran de un profundo color gris verdosos, fríos y siniestros. Y de repente, sin ningún motivo aparente, me escupió en la cara.
Sudoroso y agitado desperté, temblando de pies a cabeza, sin poder articular palabra. Aterrado por la primera pesadilla que tenía con soledare, salí corriendo sin saber a dónde ir, simplemente queriendo escapar.
Bajé las escaleras de dos en dos peldaños, volteando hacia atrás de vez en cuando como si fuese posible que alguien me siguiera, y tropecé. Caí rodando: ¡¡¡ERA EL FIN!!!. Nunca descubriría porqué el Trovador me odiaba con ansias oprimidas, porqué depositó aquella noche todo su arribismo sobre mi rostro, porqué se había llevado a soledare de mi lado, porqué me la había quitado y ahora regresaba sin ella para restregarme su triunfo… Tampoco sabría porqué soledare no era soledare en mi sueño, porque nunca me permitió entrar en su magia… Hasta que me detuve. Aturdido, con todo girando a gran velocidad alrededor mío, me pase los dedos por la frente. A la luz tenue de la luna los vi ensangrentados. Confundido tanteé el suelo sin poder ver nada. Mareado y con la respiración entrecortada descubrí un objeto conocido: Una grabadora. Pero ¿quién podría haberla dejado allí? Examinando con cuidado hallé dos archivos. Los escuché y… ¡NO! Tanto en la primera como en la segunda grabación se escuchaba su voz ¡La de ella! ¡La de la planta inferior! Muy tranquila primero, desesperada y nerviosa después.
Mi repugnancia se fue acentuando y entonces no había dudas. Era o no era. Estaba claro, me iba a delatar, si es que todavía no lo había hecho; ya que lo presenciado, al entrar de improvisto en la pieza, había sido sangre, yo, la muchacha y el tipo, sangre, tipo, muchacha, yo, sangre, mis manos, yo, sangre, muchacha, sangre y más sangre.
Aterrado, sabiendo que la pesadilla no había terminado aún, que recién estaba atravesando el umbral hacia los lugares sombríos e inhóspitos de los cuales una vez dentro no podría escapar, quise volver y al hacerlo resbalé y caí hacia la oscuridad del sótano nunca explorado. Rodé y rodé, sintiendo como mis costillas y algunos huesos frágiles se rompían al impactar con los duros peldaños… después un sabor a sangre en la boca muy amargo… rodaba y rodaba… tierra, sangre, dolor...
Antes de quedar inconsciente en el fondo de mis pensamientos, pasó algo extrañísimo: Halle la macabra relación entre la mujer de la planta inferior, soledare, Dovima y el Trovador. Sueño, sueño. Pesadilla, pesadilla. Arribismo, Trovador, arribismo. Soledare con el vientre abultado. “Dovima con los Elefantes” "Soledare con los Trovadores” y la grabación… esa maldita y cierta grabación.
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