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MANUSCRITOS Y MÁS MANUSCRITOS
Para Andrés era como un génesis: Un eterno volver a empezar. A veces se resumía a un seguir deambulando, cuestionando las dimensiones del tiempo y de la realidad, la cual desde su perspectiva se había tornado vacía y siniestra: Un universo sin sentido, tan incoloro e insípido como cierto días en que lo invadía el odio más puro, el furor más violento y el dolor más lacerante, sobre todo cuando escribía y recordaba a ese par de seres que llevan gravado en la frente el símbolo de autodestrucción de las Luciérnagas, símbolo que sabía que jamás podría llevar.
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No sé cómo explicar lo de estos días. Es terrible. No, es… no sé lo que es. Esta inseguridad, este hondo dolor en el pecho, esas sombras que se me impregnan en la sangre. Cuanto más procuro aminorarlo, más se dispersa. Y que no se diga que no he tratado de borrar los recuerdos, sentimientos y opresiones; si hasta he intentado arrancarme la piel para olvidar quien soy, para desprenderme de esta asquerosa humanidad.
Porque ya no me queda nada. Ni siquiera argumentos tangibles a que aferrarme. Únicamente estas hojas que amontono junto con otros desperdicios. Solo ellas saben de este estado de sopor que me obliga a punzarme y punzarme cada vez más hacia dentro, hacia la inmundicia, a mirarme tal cual: como una grieta que con furia se va abriendo paso por fríos subterráneos, cavado por un par de seres sin rostros. Tampoco ya hay latidos en mí; esas vibraciones que antes agitaban rocas nimias, una especie de trizas de vida que ahora se han extraviado. En su lugar he encontrado esta maldita quemazón epidérmica.
Lo sé: Fueron identidades, verbos, logos y pasiones. Aspectos imprecisos. Qué más da. Ya nada importa, pues en esta habitación húmeda todo rebota, se dilata, vuelve a rebotar y se va… Solo una cosa es seguro: No existe modo de volver.
Andrés.
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lunes, 25 de julio de 2011
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MANUSCRITOS Y MÁS MANUSCRITOS
Para Andrés era como un génesis: Un eterno volver a empezar. A veces se resumía a un seguir deambulando, cuestionando las dimensiones del tiempo y de la realidad, la cual desde su perspectiva se había tornado vacía y siniestra: Un universo sin sentido, tan incoloro e insípido como cierto días en que lo invadía el odio más puro, el furor más violento y el dolor más lacerante, sobre todo cuando escribía y recordaba a ese par de seres que llevan gravado en la frente el símbolo de autodestrucción de las Luciérnagas, símbolo que sabía que jamás podría llevar.
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No sé cómo explicar lo de estos días. Es terrible. No, es… no sé lo que es. Esta inseguridad, este hondo dolor en el pecho, esas sombras que se me impregnan en la sangre. Cuanto más procuro aminorarlo, más se dispersa. Y que no se diga que no he tratado de borrar los recuerdos, sentimientos y opresiones; si hasta he intentado arrancarme la piel para olvidar quien soy, para desprenderme de esta asquerosa humanidad.
Porque ya no me queda nada. Ni siquiera argumentos tangibles a que aferrarme. Únicamente estas hojas que amontono junto con otros desperdicios. Solo ellas saben de este estado de sopor que me obliga a punzarme y punzarme cada vez más hacia dentro, hacia la inmundicia, a mirarme tal cual: como una grieta que con furia se va abriendo paso por fríos subterráneos, cavado por un par de seres sin rostros. Tampoco ya hay latidos en mí; esas vibraciones que antes agitaban rocas nimias, una especie de trizas de vida que ahora se han extraviado. En su lugar he encontrado esta maldita quemazón epidérmica.
Lo sé: Fueron identidades, verbos, logos y pasiones. Aspectos imprecisos. Qué más da. Ya nada importa, pues en esta habitación húmeda todo rebota, se dilata, vuelve a rebotar y se va… Solo una cosa es seguro: No existe modo de volver.
Andrés.
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miércoles, 20 de julio de 2011
Soledad huía de sus lunares de carne constantemente, poseía las paginas de sus diarios llenos de migrañas… quería exterminarlo todo incluso al trovador matarlo todo, ya estaba aburrida de las calles grises llenas de orines de siempre y su único afán de vida parecía situarse en la obsesión que tenía con un yonkie que vivía en la calle quilca al cual había conocido por ese entonces, estaba obsesionada con la manera que tenía de hacer beber a sus venas dosis de ketamina, a sus ojos desorbitados perdidos en el mas dulce momento a-temporal de sus vidas, cuando se colocaban, se miraban, jugaban a esconderse los ojos, bailaban las pupilas en un juego fortuito de achicarse y agrandarse, todo se convertía en un poema de tzara, para los dos era un amor fatti, un suicidio de horas, un momento sin carne y solo jugo de besos en las manos, de sus bocas salían te quieros y mordidas en los labios, ella había perdido en un juego de sustancias, se había enamorado de un pomo y de un pinchazo. Por las tardes iban de compras a emancipación para buscar su vitamina preferida, se reían, esclavizaban sus jeringas a sus cuerpos como si fuera su ultima vez, el ultimo pinchazo y soledad tenía miedo de perderlo todo, al trovador allá a lo lejos también, porque sabía que fuera de todo el estaría sintiendo su perdida, estaba sintiendo como el paraguas que dejaron la primera vez que se conocieron se iba alejando cada vez mas de aquel puente en Paris, que si seguía así iba a quemar su vestido azul favorito, ese que poseía aquel cierre que le encantaba abrir y cerrar al trovador después de tantas noches, tantas y tantas noches llenas de vino tinto y cañazo, cigarrillos baratos, moños de marihuana, techos sin sol.
¿Dime quien esta ahí ahora Soledad? ¿Dime quien juega con tus cabellos y tus puntas amarillentas? Ella ha pensado escribirle una carta a Andrés por estos días, decirle que ella esta cambiando, decirle que ya no tiene quince años y el saber que hay mas velas en su torta de cumpleaños la está matando, contarle de su yonkie como para que indirectamente vaya y maté de una vez por todas al trovador, lo mate y como bien sabe en un cajón regrese para ella, porque solo de esa manera es posible que su cuerpo regrese a sus brazos, la mire por ultima vez con su vestido azul ,con sus jeringas y quemarse en un ultimo pinchazo un día de sol gris .
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