martes, 11 de enero de 2011

Carta al trovador

Era imposible despegar mis dedos del papel por mucho tiempo, los pájaros atormentados han huido de la pequeña cajita roja que me regalaste con formas de promesas y sueños. Leí tu carta y no me atreví a tocar ningún rincón de tu habitación, solo moví un par de zapatos viejos que tanto te gustaba usar y los guarde en mi pecho, he cambiado tanto. No sé si me encuentres, Soledad ha tomado mucho Litio para amedrentar su psicosis post terremoto, ha roto cartas, quemado corazones de papel, si azules, como los que dibujabas con lágrimas de amor en las paredes de nuestra habitación. Me has regalado tantas cosas, me regalaste por ejemplo este color índigo aquí casi en medio de mis senos, me regalaste nostalgias cristalizadas en pequeñas piedritas que solías hacer para colgarlas en mi cuello, aun guardo tu sabor en mi lengua y los cortes de tu navaja.

He fugado mucho antes que tu partieras, he planeado una de mis tantas fugas eternas, el cielo aquí se mueve demasiado y he dejado para siempre los químicos, estoy encantada,  enamorada de la manera en que puede girar el mundo con pequeñas cosas, se que tú sabías que había muerto, que me había tirado al río, que te deje una de mis tantas cartas, la más bonita, la que más me gustaba sobre tu mesita de noche  justo al costado de las colillas de cigarrillo y la cajita de fósforos donde solías ocultar la marihuana con la esperanza que salieras a buscarme, pero no lo hiciste.

Hoy llevo puesto el vestido azul que tanto te encantaba verme, el cabello corto y en mi mano esta el viejo paraguas con el que alguna vez nos conocimos, te extraño tanto y he cambiado.  Pero lo que no ha cambiado es el dolor que me causa recordar el brillo de tus ojos, y si también te odio, te odio mucho trovador, odio a tu maldito Quito, a tus prostitutas, el sabor a vino tinto barato que aun estoy forzada a comprarme, a tu lejanía y la manera abrupta en que esta que me mando a tirarme al río, si ese maldito bicho de drogadicto muriendo por tener ese rico “ego” entre tus manos me ha matado, fúmatelo, aspíralo, inyectártelo en las venas hasta que se te rompan los brazos para subirte a tu nube, a la mas puta de tus nubes donde solías aumentar tu egoísmo, pero lo que más odio es que hasta eso adoraba de ti, adoraba ver como disponías de mi y era todo un ritual verte partir de pronto con los pocos trocitos de papel crepe que lanzaba a tus cabellos cuando jugábamos en la cama. Tengo resaca y los días con lluvia me hacen escribirte en papel higiénico y ya se ha agotado todo, aquí en mi habitación tengo una ventana, creo que desde aquí puedo ver a la mas puta de tus nubes, esa que te olvidaste de recoger de tu habitación antes de marcharte, la más puta.

domingo, 9 de enero de 2011

Carta a Soledad

... y con ese mismo odio te entregaré todo lo que nos queda: esa gran habitación desordenada llena de papeles sobrecargados de palabras, los cassettes con cintas viejas con olor a whisky y mis dedos… que tocaron todos los mundos a los que tu amor me permitió llegar, que rozaron tus labios tratando de dibujar en ellos un reflejo de todos mis sueños y esperanzas. Así, te lo entrego todo y no les dejo nada a las malditas calles que me han visto morir. Te dejo también mi cansancio para que deshagas muchas cosas buenas con él, para que cuando llueva no salgas a recoger la ropa que se estaba secando, para que cuando tus guaguas lloren no les vayas a limpiar, pero sobre todo, para que nunca intentes limpiar mi habitación ni trates de recoger los papeles sobre cargados de palabras porque ella está bien así, tan virgen como tus largas piernas, como las horas en las que yo me soñaba recostado sobre ellas, besándolas con la furia que tu cuerpo siempre me inspiró, sintiendo la envidia sacudiendo mi lengua, moviéndose alrededor de esa maldita virginidad, de esa inocencia que nunca tuve … Y con ese mismo odio quemaré las cosas que tu me entregaste, esos corazones hechos con panfletos de centro comercial que latían por la esperanza con la que tus manos les dieron forma; los quemaré porque dejaron de latir cuando yo dejé de jugar a tener esperanzas y no quiero aumentarle el olor a podrido al cuarto que te estoy entregando. Soledad, mi corazón está mudando de piel y es por eso que no he podido sentirlo en estos días. Al parecer la humedad de la ciudad no es la necesaria para que este proceso se lleve a cabo. Va a ser un poco raro sentir mi corazón latiendo de nuevo porque ya me he acostumbrado a no sentir tus besos sobre mi frente, ni los de las prostitutas de La Marín, ni los de las noches con neblina de Guápulo. Así que espérame un poco más con aquel brasier que tanto me excita, porque esta noche mi corazón tampoco te encontrará para tocarte.