Constantemente me gustaba resbalar por las letras de la leyenda de la ciudad sin nombre: Soledare. Ella era gloria, éxtasis y amor. En unos cuantos días había logrado lo que en antaño muchos grandes hombres no habían podido en siglos: Revivir la llama de los estudiantes moribundos que, divagando por cualquier facultad, mendigaban un pedacito de Luciérnaga Sangrienta. Combinó además todos los ingredientes para la perfección, creando lo que por años mi alma no había saciado.
Pero también estaba el otro, "EL TROVADOR", que aparentemente le seguía como un perro tratando de ser sombra y su sombra trataba de ser perro. Él era una especie de luciérnaga-piedra y lo sabía. Dificultaba el pasar de Soledare y hasta parecía que lo disfrutaba. A pesar de eso ella lo amaba, aunque de forma fortuita; lo cargaba en su regazo de madre negada y, apretándolo contra su pecho, le acariciaba la melena, componiendo y descomponiendo cada átomo de su cuerpo, solo para que dejara de berrear; ella lo ayudaba, lo cuidaba dulcemente en esas noches tormentosas y a cambio de eso recibía un mordisco rabioso... Le hacía tanto daño y en el otro lado yo, queriendola proteger.
Y Soledad me mira y mira al perro y vuelve a mirarme. El perro la mira, me mira y enseña los dientes.
Observando la noche, dibujando lágrimas que ella vertía en sus textos inmaculados, evocando acciones y situaciones sabidas… acepto que la leyenda no quería ser reconocida. Recuerdo cuando la espiaba de reojo... ¡Rayos! Ella siempre tan contradictoria, sobre todo cuando la observaba y no lograba ver nada más allá de un vago rumor a sufrimiento. Es gracioso: En ocasiones creía que, al igual que el trovador, me destruiría resoplando con desgano tres palabras, palabras que terminarían llevándome al desquicie… Duele reconocerlo: Soledare nunca quiso nada que proveniera de mí.
En apariencia (y no sé a que grado) nada le preocupaba. Podía publicar todos sus escritos sin autorización, podía volverla la más grande artista y a ella no le importaría. No le interesó cuanto me revolcara en el lodo para que brillara. Por eso se fue, por eso me dejó con todo el liderazgo, con mi dolor,con el vacío, hecho un trapo roto, un Andrés totalmente quebrado. Me dejó solo, no le importó ni una triza mi endemoniado esfuerzo por ser igual al trovador. Se fue. Se fue y no volvió. Siguió al maldito trovador.
Entonces me sumergí en los caudalosos ríos de mi alma, buscando alguna pista para encontrarla de nuevo. Porque yo me obsesioné con sus luciérnagas sangrientas y con su sublime prosa poética. Ella por lo máximo lo intuía, pero yo era capaz de dejarlo todo (que nunca sería mucho comparado con lo que significaba ella): Este edificio que en antaño habría sido un hospital de última categoría, la puerta de madera ulcerada, purulenta, que tanto me recordaba a mi desequilibrado padre, a los prados de mi hogar, a Italia, dejaría mi crimen, no solo visto por la inquilina de la planta inferior que gustaba de escuchar melodías en noches como esta que entristecen el alma de quienes tratamos de ser poetas, que hace fumar, tomar café, consumir pastillas; y hasta abandonaría a Andy Aston en su húmedo y grisáseo ático donde se encontraba encerrado, solo para hundirme hasta las orejas en esa masa facciosa llena de sofismas. Lo dejaría absolutamente todo por Soledare y sus jueves tan frustrantes.
Y al perro… a ese perro desaparecido también lo dejaría, aunque sea oculto junto a mis escombros.lunes, 16 de noviembre de 2009
VIENDO BOCETOS
Constantemente me gustaba resbalar por las letras de la leyenda de la ciudad sin nombre: Soledare. Ella era gloria, éxtasis y amor. En unos cuantos días había logrado lo que en antaño muchos grandes hombres no habían podido en siglos: Revivir la llama de los estudiantes moribundos que, divagando por cualquier facultad, mendigaban un pedacito de Luciérnaga Sangrienta. Combinó además todos los ingredientes para la perfección, creando lo que por años mi alma no había saciado.
Pero también estaba el otro, "EL TROVADOR", que aparentemente le seguía como un perro tratando de ser sombra y su sombra trataba de ser perro. Él era una especie de luciérnaga-piedra y lo sabía. Dificultaba el pasar de Soledare y hasta parecía que lo disfrutaba. A pesar de eso ella lo amaba, aunque de forma fortuita; lo cargaba en su regazo de madre negada y, apretándolo contra su pecho, le acariciaba la melena, componiendo y descomponiendo cada átomo de su cuerpo, solo para que dejara de berrear; ella lo ayudaba, lo cuidaba dulcemente en esas noches tormentosas y a cambio de eso recibía un mordisco rabioso... Le hacía tanto daño y en el otro lado yo, queriendola proteger.
Y Soledad me mira y mira al perro y vuelve a mirarme. El perro la mira, me mira y enseña los dientes.
Observando la noche, dibujando lágrimas que ella vertía en sus textos inmaculados, evocando acciones y situaciones sabidas… acepto que la leyenda no quería ser reconocida. Recuerdo cuando la espiaba de reojo... ¡Rayos! Ella siempre tan contradictoria, sobre todo cuando la observaba y no lograba ver nada más allá de un vago rumor a sufrimiento. Es gracioso: En ocasiones creía que, al igual que el trovador, me destruiría resoplando con desgano tres palabras, palabras que terminarían llevándome al desquicie… Duele reconocerlo: Soledare nunca quiso nada que proveniera de mí.
En apariencia (y no sé a que grado) nada le preocupaba. Podía publicar todos sus escritos sin autorización, podía volverla la más grande artista y a ella no le importaría. No le interesó cuanto me revolcara en el lodo para que brillara. Por eso se fue, por eso me dejó con todo el liderazgo, con mi dolor,con el vacío, hecho un trapo roto, un Andrés totalmente quebrado. Me dejó solo, no le importó ni una triza mi endemoniado esfuerzo por ser igual al trovador. Se fue. Se fue y no volvió. Siguió al maldito trovador.
Entonces me sumergí en los caudalosos ríos de mi alma, buscando alguna pista para encontrarla de nuevo. Porque yo me obsesioné con sus luciérnagas sangrientas y con su sublime prosa poética. Ella por lo máximo lo intuía, pero yo era capaz de dejarlo todo (que nunca sería mucho comparado con lo que significaba ella): Este edificio que en antaño habría sido un hospital de última categoría, la puerta de madera ulcerada, purulenta, que tanto me recordaba a mi desequilibrado padre, a los prados de mi hogar, a Italia, dejaría mi crimen, no solo visto por la inquilina de la planta inferior que gustaba de escuchar melodías en noches como esta que entristecen el alma de quienes tratamos de ser poetas, que hace fumar, tomar café, consumir pastillas; y hasta abandonaría a Andy Aston en su húmedo y grisáseo ático donde se encontraba encerrado, solo para hundirme hasta las orejas en esa masa facciosa llena de sofismas. Lo dejaría absolutamente todo por Soledare y sus jueves tan frustrantes.
Y al perro… a ese perro desaparecido también lo dejaría, aunque sea oculto junto a mis escombros.sábado, 7 de noviembre de 2009
86 Agitación Parisina
Nadie paraba de hablar sobre él: decían que era un loco, un desesperado amante latino buscando a su amor perdido, el último gran poeta del tercer mundo... era tanto el escándalo que armó Andrés en París, que lo lógico era que él ya supiera dónde me encontraba yo en aquellos días. Poco me importaba lo que ese tipo buscaba o quería olvidar en este hoyo del mundo.
Lo de venir a París fue una decisión apresurada, me encontraba en el bar "Pasajero" allá en Quito, leyendo una reseña sobre nueva poesía francesa, los rostros impresos a blanco y negro en aquella revista arrugada se veían más patéticos que los de una porno tailandesa, excepto un rostro que me llamó la atención, era el de la poeta "Alizée Bredoteau": encarnación de la ternura parisina; su mirada profunda expresaba el asco que ella sentía por París, por la ciudad sucia que se comió sus sueños, por la ciudad con olor a excremento a la que todo el mundo le quiere hacer el amor. Me tomé una cerveza y con el dinero que me robé de Soledad antes de partir, decidí comprar un boleto a la ciudad en la que los gusanos se devoraron a Jim Morrison.
Pedí más información acerca de la poeta Alizée, antes de tomar el vuelo, haciéndome pasar por estudiante de antropología de la Universidad Central del Ecuador, y tuve poca información sobre ella: su esposo se suicidó cuando llevaban poco más de un año casados, la madre de Alizée era de Barcelona, por lo que vivió gran parte de su juventud en España, cosa que influencia de gran manera su escritura, y después de una gran temporada de alcoholismo ella se encontraba ahora en absoluto aislamiento en "un pequeño cuarto de la rué des eaux".
Llegué a Paría a la medianoche. La ciudad es más fría de lo que uno se espera y tiene un ligero olor a perfume de botella roja... los sonidos de París van más allá de las descripciones, y su magia... la pude encontrar en la mirada de Alizée.
En el vuelo no paraba de leer uno de sus poemas, y en cada nueva lectura mi cuerpo se estremecía de igual manera:
"
3222 por Alizée Brodoteau
Me persigue la felicidad
exagera el vómito al pensar en ti
las cicatrices sanan en la prisión del castigo.
Quiero devorarte como a la droga perfecta,
quiero que un precipicio nos guarde para siempre...
Recurrencias desordenadas se vuelven cacofonías violentas cuando no estás
¿Para qué recurrir a la retórica si tu cuerpo se alaba por sí solo?
¿debo ser una poeta o una maldita loca a tu lado?
No entiendo a las vírgenes tatuadas en mis paredes,
no entiendo por qué tanto caos en mi cabeza
pero estoy segura de que necesito rasgar tu espalda esta noche
"
...
Así era la poesía de Alizée, desgarradora como su mirada, incoherente como las circunstancias que me llevaron a tocar su puerta a la medianoche.
La tenue luz de la luna nueva parisina me hizo ver en sus labios el reflejo de un ex poeta cansado. Le hablé en español sin poder esconder lo mucho que me gustaba su rostro que no dejaba adivinar los 40 años de edad que la poeta tenía. El mío era un español muy desesperado, y ella respondía con una voz muy suave y adormilada mis súplicas de 7 horas de vuelo
Al principio, estoy seguro, de que ella no entendía el por qué de mi visita trans-atlántica de media noche. Poco a poco la poeta se dio cuenta de que un espectro con alma de vagabundo había venido a buscar la poesía escondida detrás de sus párpados. Yo sentía en cada una de sus palabras, en su poesía y en la primera conversación que tuvimos, que ella era una luciérnaga sangrienta al otro lado del mundo, que siempre lo había sido.
-Me encantaría conocer Paría a su lado esta noche señorita Alizée- le dije cuando ella me invitó a pasar a su casa.
Las calles de París son muy diferentes a las que yo estaba acostumbrado, tienen un ambiente pesado y viejo, nostálgico y terrorífico a la vez. El París de los bares y los poetas vagabundos es muy diferente al romántico destino que los burgueses pintan ante nuestros ojos. Entramos a un bar, en el que nos pusimos a beber con Alizée y sus amigos. Vino, mucho vino barato sirvieron, una vez más, para encontrarme al otro lado del mundo.
Cuando yo ya no podía distinguir entre las piernas de Alizée y las de la Madre Teresa, corrí al baño del bar a vomitarlo todo. Música estrepitosa, gritos y conversaciones inentendibles y un ambiente forrado del color de la confraternidad, me llevaron al lavabo. Sin embargo, la embriaguez retrocedió ante un rostro muy conocido. Al principio pensé que se trataba de una alucinación de borracho, pero cuando me habló, supe que, para mi desgracia, Andrés estaba ahí, en el bar francés, frente a mi, viéndome vomitar... -¿Dónde está Soledad?- decía su voz abriéndose paso entre nubes de humo de libertad,
-¿y yo por qué lo voy a saber hijueputa?- fue lo único que respondí, golpée su cara con todas mis fuerzas y salí corriendo. Mi primer impulso fue correr por las calles de París para refugiarme "el pequeño cuarto de la Rué Des Eaux" sin embargo me detuve, y esperé a que Andrés saliera, pero en su lugar vino Alizée y me besó en los labios con dulzura. -Vámonos de aquí flacucho- fue lo que dijo, y yo le hice caso al instante, sus manos tenía la suavidad de las de mi madre y tal vez fue por eso que me dejé llevar por ella sintiéndome un niño asombrado por las luces ténues de una ciudad que dormía. Empezó a llover a cántaros, pero eso no impedía que yo me dejara llevar por el tranquilo y caliente cuerpo de la poeta de la dulzura.
Alizée me llevó a su habitación y me acomodó en el sillón. Yo acariciaba su rostro mientras las lágrimas no podían dejar de correr por mis ojos, le decía en medio de lamentos: -debes ayudarnos, somos luciérnagas...
-Mañana me contarás más sobre las luciérnagas, ahora duerme- decía ella con voz tranquilizante.
Me dormí con miedo a enamorarme de la poeta que vivía como madre y que escribía como perro rabioso.
"He despertado hace unos minutos y he pensado en ti, Soledad.
Me siento atraido por la estética de Alizée, hay algo en su obcesión que no me deja bajar la mirada cuando estoy hablando con ella. LE he contado mucho de ti, y hasta cierto punto creo que se siente un poco identificada con tu manera celeste de ver las cosas.
Días como hoy, extraño tus grandes ojos, pero nunca olvido que Alizée, al igual que tú mi querida, es un cadáver más, una víctima más para el carnicero que las busca en cada sombra en la que yo me escondo para masturbarme mientras escribo.
Me siento frustrado al otro lado del río..."
jueves, 5 de noviembre de 2009
Princesa en castillo de la libidinosa Lima
La bestia se ha comido a mis padres
Y llora de misericordia
Porque no cree en el amor
No creemos en el amor
El cielo de las mañanas en el castillo era gris, sucio afligido, apenado abatido y aciago. Me gustaba ver en el patio lleno de caos y lágrimas. La humedad del tácito viento iba atravesando todos los poros de mi pueril cuerpo. Había mitigado la sombra de un pasado, en mi pequeña caja de cristal.
Cuando llegaba a la sala del castillo, al que me acostumbraron llamarle hogar, me llenaba de un silencio sórdido; miraba cada silla, cada adorno, cada fotografía instigadora, violadora de infancia y veía a mi Soledad, por eso me llamo Soledad.
Que difícil era vivir ahora, mas que nunca, mas sola, me sentía mas joven que esa ola, esa ola llamada Soledad de unos quince años, que temía verle las pupilas puramente negras al profesor de matemáticas y el trovador allá a lo lejos, en Europa, disfrutando de algún café y de su dolorosa prosa poética, porque el tenía a Flaubert en sus ojos, a Borges en sus manos, olor a Cortazar, algo que jamás creía conocer.
En mi endeble torre sepiante, llena de absurdas frases fotografiadas, veo los ojos de la bestia, veo sus dientes, queriendo tragarme de a pocos, era mi Lima libidinosa, queriendo que la toque, queriendo que la bese, quería a su princesa, meterla, doblarla y colocarla en su diminuta caja de cristal.
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