Plácido, recogía florecillas con vetustos conejos dentro. Saltaba por allí, saltaba por allá. Cuando ya tenía suficiente, las presionaba fuerte con ambas manos y veía la sangre coagulada desbordarse y correr entre sus dedos. Gran placer ¡oh sí! Gran placer. Luego, al aburrirse, buscaba los rotos fragmentos de realidad que flotaban a través del vino del sueño. Era la perfecta señal de que los efectos estaban disminuyendo; sin embargo, él no lo sabía.
El cielo celeste se tornó gris de repente. Un día más llegaba a su término. Al crepúsculo todos se preguntaban qué había sucedido con aquella alma sosegada, con aquel espíritu tan limpio, con ese ser incorruptible. Simplemente el declive de una vida interna, repetían. Debía despertar, rasguñar la telaraña abominable y morder al gran arácnido ponzoñoso que lo retenía. Sí. Morder y destrozar. Y tenía que ser de inmediato, antes que las tinieblas oscuras, absorbentes, lo penetraran.
El pobre gemía, sudaba océanos negros y gemía otra vez. De pronto, luchando contra esa dualidad presente en todas las culturas y naciones, un dolor corporal inmenso se apoderó de él. Una enfermera reaccionó (o se compadeció) y le volvió a inyectar morfina en el suero. “Ya no sentirás dolor” le canturreó cansada, consumida por otra larga noche en el hospital (ignorando que los demonios céntricos se habían soltado ya hace algún tiempo... Hermetismo total).
Lejos de la cama Andy Aston observaba los acontecimientos inmóvil y aturdido. Por alguna extraña razón había dejado su ático, aunque no sería por muchas horas. Toleró pasar algunos segundos antes de acomodarse las gafas oscuras, mirar el reloj y, apenado, encaminarse hacia la puerta.
Pero un gruñido inesperado en el centro de la habitación lo hizo volverse. El cuerpo vendado y casi inerte de Andrés convulsionaba y se retorcía ¡Más calmantes! Gritaban todos ¡Más calmantes! ¡Llamen a un doctor! ¡Rápido!... Simultáneamente el ojo no expuesto se abría de manera gradual, permitiendo a las almas venir e ir a su antojo, sucediendo lo que se conocía como un “Demasiado Tarde”.
Y la vida de Andrés se extinguía lejos de todo.jueves, 18 de febrero de 2010
PARADISÍACO INFERNAL
Plácido, recogía florecillas con vetustos conejos dentro. Saltaba por allí, saltaba por allá. Cuando ya tenía suficiente, las presionaba fuerte con ambas manos y veía la sangre coagulada desbordarse y correr entre sus dedos. Gran placer ¡oh sí! Gran placer. Luego, al aburrirse, buscaba los rotos fragmentos de realidad que flotaban a través del vino del sueño. Era la perfecta señal de que los efectos estaban disminuyendo; sin embargo, él no lo sabía.
El cielo celeste se tornó gris de repente. Un día más llegaba a su término. Al crepúsculo todos se preguntaban qué había sucedido con aquella alma sosegada, con aquel espíritu tan limpio, con ese ser incorruptible. Simplemente el declive de una vida interna, repetían. Debía despertar, rasguñar la telaraña abominable y morder al gran arácnido ponzoñoso que lo retenía. Sí. Morder y destrozar. Y tenía que ser de inmediato, antes que las tinieblas oscuras, absorbentes, lo penetraran.
El pobre gemía, sudaba océanos negros y gemía otra vez. De pronto, luchando contra esa dualidad presente en todas las culturas y naciones, un dolor corporal inmenso se apoderó de él. Una enfermera reaccionó (o se compadeció) y le volvió a inyectar morfina en el suero. “Ya no sentirás dolor” le canturreó cansada, consumida por otra larga noche en el hospital (ignorando que los demonios céntricos se habían soltado ya hace algún tiempo... Hermetismo total).
Lejos de la cama Andy Aston observaba los acontecimientos inmóvil y aturdido. Por alguna extraña razón había dejado su ático, aunque no sería por muchas horas. Toleró pasar algunos segundos antes de acomodarse las gafas oscuras, mirar el reloj y, apenado, encaminarse hacia la puerta.
Pero un gruñido inesperado en el centro de la habitación lo hizo volverse. El cuerpo vendado y casi inerte de Andrés convulsionaba y se retorcía ¡Más calmantes! Gritaban todos ¡Más calmantes! ¡Llamen a un doctor! ¡Rápido!... Simultáneamente el ojo no expuesto se abría de manera gradual, permitiendo a las almas venir e ir a su antojo, sucediendo lo que se conocía como un “Demasiado Tarde”.
Y la vida de Andrés se extinguía lejos de todo.
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