miércoles, 7 de octubre de 2009

la insoportable banalidad del trovador

Es un vicio terrible el de no estar inspirado. Una obra de teatro circular que envuelve a cualquier artista en el Apocalipsis de su existencia; empieza echando raíces sobre el corazón del poeta y termina estrangulándolo en el limbo del no-arte. Es así que se han dado las grandes transfiguraciones de la literatura, es así que los antiguos poetas se ahorcan a diario para resucitar en el alba a un sueño de no-creatividad.

El triunfo de la aceptación de la realidad, el hastío de los conjuntos completos, y la memoria visiblemente golpeada por la resaca literaria son comunes efectos de la falta de inspiración; aunque, en casos más severos, el proceso de destrucción creativa viene acompañado de una manía por tratar de justificar el asesinato al arte con una excusa que lleva el nombre de “arte”… pero no nos engañemos, este “arte” es sólo una farsa, un desesperado intento por salvar lo insalvable…

Nadie en la ciudad sin nombre entendía las manías del trovador: poesías recurrentes y repetitivas, muestras salvajes de adoración a la autodestrucción como forma estética, repudio por el espacio literario en general y un estado de constante modorra. Las fiestas y funerales a los que asistía el trovador asiduamente hacían efecto en las “luciérnagas sangrientas”, mientras tanto soledad pasaba los días pintando paredes con su esmalte rojo. Nadie entendía, nadie comprendía las manías del trovador.

Y Justo en esos días, un grupo de estudiantes de letras trataron de “emular” el estilo de las luciérnagas sangrientas, visitaban a Soledad constantemente y uno de ellos: Andrés, tal vez el más entusiasta del grupo, se convirtió en el discreto amante de, como él mismo decía, una “leyenda de la nueva literatura en la ciudad sin nombre: Soledad”.

Sin embargo, El trovador se mostraba más reacio a aceptar la posición de las luciérnagas sangrientas en la “literatura”, el prefería referirse a sus poemas e historias como “casi poemas” o “historias descontinuadas”, huía de cualquier muestra de admiración por el estilo de vida, y de arte, visceral que llevaban en las venas las nuevas “luciérnagas”. Pero los jueves eran de Soledad y el trovador, nada había alterado ese salto de irrealidad que ambos seres daban cuando aparecía aquel sol triste y ebrio, que más que la bandera del movimiento era su significado en sí.

Para cuando el trovador dejó de escribir, Andrés tomó el liderazgo del grupo, e incluso llevó las publicaciones de Soledad a una revista “underground” de la facultad de letras, todo ante la mirada apática del trovador, a quien nadie, ni él mismo, recordaba, tan sólo Soledad, aquella hermosa luciérnaga escondida tras las letras del destino, las letras del dios que se burlaba del trovador en los baños de los bares de la ciudad…

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