Cuando Soledad me hace falta, cuando me encuentro a mi mismo en sus ausencias y recuerdos de gemidos, empiezo con mi estoica labor de autodestrucción espiritual. Mis ojos buscan en el cielo características de jueves, pero aunque la desesperación me ataque, Soledad no está. No es el día de Soledad.
Pero hay veces, días amarillos con sonidos sicodélicos, en los que encuentro los labios de Soledad en algún callejón o en una botella de vino y me siento morir en repeticiones armónicas: entre sus piernas, entre sus párpados cayendo al ritmo de la noche en un bar.
Me encontraba pensando en la ausencia de Soledad, en las noches sin dormir, en las calles de la ciudad, y decidí perderme en las nubes gloriosas del bar de Paco. La cerveza era más costosa que en cualquier otro bar, pero me encantaba escuchar al viejo Paco improvisar jazz.
Como el viento, como un maldito susurro de un heroinómano, Soledad entró al bar... al sucio bar de siempre… y me sacó de ahí, como un ángel arrastra al santo ebrio hacia el cielo.
Aquella noche escalé mil veces el monte de Venus de Soledad, me sentí perfecto, me ahogué dentro de nosotros, me tragué toda la banalidad contenida desde siempre, todo se volvió más puro y confuso… la agonía del día de las avispas se vio revitalizada con los labios de mi dulce Soledad, la nube más puta de nuestro universo paralelo. Y mientras acariciaba en éxtasis el cuerpo perfecto de mi poeta muerta pude ver a mil acordes revolotear en la habitación, mil acordes saliendo de la boca de Soledad, de sus labios exhalando palabras de amor y desencanto.
Entre sus piernas, nuestras miradas entrecruzadas en las estaciones de tren de nuestros sueños rotos, nos quedamos dormidos. Al despertar en los brazos de Soledad, decidí marcharme en silencio, porque siempre me gustó hacerle el amor al ruido para escapar por las noches con el hermoso silencio… porque sólo soy un cobarde más, un destructor del arte, la sombra de un escritor. Porque a veces siento que ella llora por Andrés en las madrugadas. Soledad busca a Andrés en mis versos, en mis ojos, en la línea del horizonte que separa mi mirada de la realidad.
Antes de que Soledad abriera los ojos, tomé un par de libros de su apartamento, me bebí una taza de café y me contuve cuatro beses de besar sus labios ¡cuánto me encantaban esos labios mágicos, capaces de recitar versos encantados en medio de un orgasmo en un baño público! a momentos deseé que ella se despertara y me detuviera, que saltara sobre mi y que me dejara hacerle el amor desesperadamente, como nuestros versos, pero ella tan sólo suspiraba jitanjáforas de amor … tal vez sea hora de largarse a París y formar una banda de rock, o tal vez sea hora de crear mi propio Apocalipsis en las letras del firmamento. He de olvidar a la más puta de las nubes.

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