miércoles, 28 de octubre de 2009

fotografía del cáncer de corazón

Me llegó un recuerdo tuyo y me hizo aborrecer un destino que yo elegí. Pude casi adivinar la forma de tus brazos expandiéndose sobre el infinito para rozar mi arrogancia a través del camino ilegal que hemos ido trazando tomados de la mano por el sendero de las noches frías y las tazas de café. Estuve pensando en tus pequeñas muertes discretas durante toda la tarde de ayer: morías cuando acariciabas el lomo de un gato, morías cuando yo te abrazaba por la espalda, morías cuando probabas chocolate blanco, y morías ante e sabor de la miel de abeja; y hoy con horror puedo mirarme como una figura físicamente ausente desde la última vez que dormí a tu lado, pero mi mente ha estado flotando a tu alrededor siendo alterada, aún en tus constantes y corrientes ausencias, por tu olor corrompiendo mi ciudad a la distancia.
Me llegó tu voz en medio de una tarde de verano, me llegó la locura y la juventud desesperada de aquella maldita ciudad sin nombre en la que derramamos momentos con olor a ascensor, y fue como abrir los ojos, me di cuenta, una vez más, de que no soy un escritor, ni alguien a quien amaste, ni un ser humano siquiera; fue sentir que tu imagen al final había acabado por devorar mi alma y dejarme vacío y enfermo.
!Me has dejado la locura Soledad! me has transformado de por vida, !me has parido al mundo banal y enfermo!... sin besos, sin flores secas, sin manos suaves que me cuiden en las tardes de resaca.
Envidio la suerte de los pintores, pues ellos pueden vomitar lo que las palabras no alcanzan a susurrar; la pintura es un verdadero desahogo, mientras que escribir sólo aumenta la desesperación y soledad de mis días, me hace revolcarme sobre mis propias frases y pensamientos mal construidos, confusos y más confusos cada vez. Escribir es una cárcel que no nos permite escapar del lastimero y pesimista destino que nuestra propia mente ha construido

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