La bestia se ha comido a mis padres
Y llora de misericordia
Porque no cree en el amor
No creemos en el amor
El cielo de las mañanas en el castillo era gris, sucio afligido, apenado abatido y aciago. Me gustaba ver en el patio lleno de caos y lágrimas. La humedad del tácito viento iba atravesando todos los poros de mi pueril cuerpo. Había mitigado la sombra de un pasado, en mi pequeña caja de cristal.
Cuando llegaba a la sala del castillo, al que me acostumbraron llamarle hogar, me llenaba de un silencio sórdido; miraba cada silla, cada adorno, cada fotografía instigadora, violadora de infancia y veía a mi Soledad, por eso me llamo Soledad.
Que difícil era vivir ahora, mas que nunca, mas sola, me sentía mas joven que esa ola, esa ola llamada Soledad de unos quince años, que temía verle las pupilas puramente negras al profesor de matemáticas y el trovador allá a lo lejos, en Europa, disfrutando de algún café y de su dolorosa prosa poética, porque el tenía a Flaubert en sus ojos, a Borges en sus manos, olor a Cortazar, algo que jamás creía conocer.
En mi endeble torre sepiante, llena de absurdas frases fotografiadas, veo los ojos de la bestia, veo sus dientes, queriendo tragarme de a pocos, era mi Lima libidinosa, queriendo que la toque, queriendo que la bese, quería a su princesa, meterla, doblarla y colocarla en su diminuta caja de cristal.


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