martes, 20 de octubre de 2009

Aurevoir I

Eran dos días después de la estupidez del trovador hiciera presencia, me cuestionaba tantas cosas, te veía ahí en un bar vomitando, vomitando prosa poética, hablándole a un viejo completamente ebrio y contándole sobre mi. No entiendes el porque de mis temores, no entiendes tantas cosas trovador, a veces se me desgarraba el alma cuando las luciérnagas sangrientas alumbraban el tácito cielo y me sugestionaba respirando palabras fuera de mi cuando me liberaba de demonios azules vomitando ideas sin fundamento.


Me hubiese gustado trovador, navegar en la nada (aquello que esta después del universo) contigo y enseñarte de lo lejos todo, el todo que no puedes oprimir en tu vista, porque para ti todo se resume en la ciudad sin nombre y Quito aunque siempre, mi estimado trovador, te gustó estar en el centro de la misma mierda, esa mierda que existía en los barreados donde tu primer amor se vendía al mejor postor.

No te diré trovador las razones contundentes por las que me estoy marchando, no te escribiré una carta, no te llamaré, ni sabrás de mi, regresaré a mi tierra (esa que nunca conociste) donde el cielo es todo gris pero, no un gris bonito, si no un gris sucio y triste, un gris abandonado, la tierra donde salió por primera vez el sol gris, eso, que no es como tu Quito, porque tú eres todo Quito y aunque vives influenciándote de toda esquina de la ciudad sin nombre, de todos los bares de Paris y me besas a mi, mientras te muestro mi Lima Gris, tu llevas a Quito a todos lados de la mano, a un bar, a la cama, a la taza del café, a la plaza y hasta estaba Quito en tus escritos y mientras eso pasaba, yo sentía que le hacía el amor a todo Quito.

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