Era un martes, martes, martes, martes. Estabas tú comiendo algo de pizza ya fría, y en la mano una taza de chocolate caliente, posaba mi rostro sobre esa almohadita que tanto me gustaba, a pesar que dormíamos juntos nunca nos hemos relacionado como algo mas que una pareja literaria ¡Oh! Claro a excepción de ayer, que le di por primera vez un beso.
El, siempre olía a colonia barata, tabaco y vino tinto, lo quise así, pero no era ni será jamás una atracción física, yo se que el hombre, mas bien niño, con el que duermo, se ha acostado con la mitad de las mujeres de aquí, la ciudad sin nombre, porque como antes lo mencione era su lujuria encantadora lo que te llamaba a quererlo, a estrujarlo, a protegerlo entre tus brazos, era una visión maldita de tus peores temores hundidos en crema de chocolate.
Siempre fuimos libres, yo también admito haberme acostado con varios hombres de la ciudad, pero lo mío y lo del trovador era casi mágico, no era humano, un huracán de emociones, una maldita combinación entre una melodía de Bach y Kurt Cobain, el podía verme desnuda por horas, danzar en nuestras sábanas, peinarme el cabello, tocarme eróticamente los senos y volverle loco, pero, jamás el ha de tocarme de otra manera que no sea para admirar mi cuerpo, nunca compartimos esa parte animal, lo nuestro no se si sea arte, aunque lo dudo, no lo se, era mas que eso era siempre tan nuestro, tan nuestro, tan nuestro y en muchas ocasiones escuche que yo era distinta, por eso no me sentía mal, yo era la única que le haría ver el sol gris los jueves, las luciérnagas en el techo, la que le enseño la droga, la que lo convirtió en inmortal.
No me pregunten porque lo dejo a veces, jamás me digan que me necesitará, creo caer entre las primeras gotas de lluvia mañanera, en el pasadiso de la ciudad sin nombre, donde los mendigos van a buscar su pan.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
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