lunes, 16 de mayo de 2011

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UN ÁTICO... CUALQUIER ÁTICO

Aún quedaba el recuerdo de varios meses desde la salida de Andrés del hospital. Andy Aston le había cedido con mucho recelo un pequeño rincón de su ático. Lo veía allí, escribiendo o mirando las fotografías interminables de las paredes. Creía que se escondía de la mujer de la planta inferior, de la policía o de las preguntas de los estudiantes. Sea como fuese, ambos tenían la noción de las convencionalidades perdida.

Arrimado en un enmohesido sofá, Andrés estaba condenado a lastimarse poco a poco matando poesía, rasgando y rasgando cada palabra materializada. Con ira comprendía que jamás se convertiría en una Luciérnaga. Para ello se tenía que nacer, que ser.

Andy Aston lo observaba a través de su mundo y lo compadecía. Veía al tiempo disolverse en las profundidades de sus ojos e intuía que ese era su fin y el principio de algo peor, pero nunca llegó a imaginar los verdaderos sucesos (en el caso de que existiesen) que acontecían en la mente de Andrés.

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Ellos nunca me dejaron entrar en esa extraña y eterna danza que realizaban juntos. A ese halo de infinita incertidumbre en el que se citaban para unirse. Nunca. Solo fui Andrés, el perdurable aburrimiento de sus melancolías, el bostezo de sus labios al amanecer. Será que nunca fui real o que su irrealidad terminó por ser mi hábitat natural. Ellos quisieron divertirse en un mar de constantes secretos donde navegaba. Creando mareas me hicieron naufragar. Hundieron las islas y borraron las anclas. Estrellaron navíos y excomulgaron frías alegrías, mientras yo buscaba los eclipses imposibles del alma... Ahora comprendo por que Soledare desaparecía, por que el Trovador desaparecía.

Ellos, siempre ellos y solo ellos... Luciérnagas que se entregaron a la ubicuidad del tiempo y del espacio… la vida, y no me llevaron. Me dejaron en la lejanía nebulosa y desde allí creo divisarlos: Se acarician al borde de las utopías y de las lamentaciones sesgadas.

Ya no quiero sentir, ya no quiero pensar, ya no quiero recordar... Las sirenas me adormecen debajo del mar.

Y no hay tierra a la vista… jamás volverá a haberla.

Andrés.

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